Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó dividido por la Guerra Fría. Los Estados Unidos y la Unión Soviética se embarcaron en una tensa carrera armamentística, política y económica. Durante estos años de hostilidad, varias sociedades secretas —las logias masónicas, la Hermandad del Pentáculo y la Orden de Veda— intentaron actuar como mediadores ocultos ante los gobiernos de ambas superpotencias para frenar el desastre. Sin embargo, los choques ideológicos y los intereses cruzados entre la Hermandad y la Orden terminaron provocando el efecto contrario, avivando la desconfianza y empeorando la situación diplomática.
Para 1980, el miedo a una guerra atómica se extendió entre la población civil. Ante la parálisis de los gobiernos, miles de ciudadanos decidieron abandonar las grandes ciudades y mudarse a zonas aisladas o construir búnkeres subterráneos blindados para protegerse de lo que parecía inevitable.
El peor escenario posible se cumplió en 1984. Sin previo aviso, la Unión Soviética lanzó un ataque masivo de 2.000 ojivas nucleares, a lo que Estados Unidos respondió de inmediato vaciando todo su arsenal. Durante el bombardeo, una mujer llamada Beltaine (conocida como «La Meiga»), líder de la Orden de Veda, intentó un movimiento desesperado para frenar los misiles en el aire. Aunque logró mitigar parte de las explosiones, el castigo fue brutal. Vastas regiones del planeta quedaron borradas del mapa: en América, la destrucción total se extendió desde el centro de México hasta gran parte de Canadá; en Europa y Asia, el desierto radiactivo abarcó desde Siberia hasta el norte de España.
Este desastre destruyó por completo a las sociedades secretas que habían intentado evitarlo. Las logias masónicas, la Hermandad y la Orden se disolvieron. Los pocos integrantes que sobrevivieron quedaron dispersos por el mundo e incomunicados, pero atrapados en el rencor, culpándose mutuamente de haber provocado el fin del mundo con sus intrigas diplomáticas.
Con el hemisferio norte devastado y sumido en un crudo invierno nuclear, los países del hemisferio sur tomaron las riendas del planeta. En 1989 se organizó la Cumbre del Sur, una reunión de emergencia donde los líderes de los territorios supervivientes acordaron el desarme nuclear total de los pocos ejércitos que aún conservaban estas armas, prometiendo reunirse todos los años para vigilar el rumbo de la humanidad.
Sin embargo, la crisis global y el hambre llevaron a que en 1991 los gobiernos de países como Arabia Saudí, China, Brasil o Colombia adoptaran posturas dictatoriales y restrictivas para mantener el control. La respuesta de la población fue inmediata: los ciudadanos se organizaron y plantaron cara a sus gobiernos con una resistencia unificada. Al ver que la sociedad ya no toleraba el autoritarismo, los líderes políticos cedieron en la Cumbre del Sur de 1992, otorgando más libertades y capacidad de autogestión a las comunidades. Para 2009, India, China y Colombia se convirtieron en los motores económicos de la Tierra, mientras que una nueva variante espiritual del hinduismo se extendió como la corriente mayoritaria del mundo postapocalíptico.
En 2004, los gobiernos crearon el Grupo X, un cuerpo de exploradores financiado para estudiar el estado real de las zonas arrasadas del norte. Organizados desde Marruecos, se enviaron dos equipos de 40 expertos cada uno: el Grupo América y el Grupo Europa.
Diez años después, en 2014, solo regresaron 6 miembros del Grupo Europa, liderados por un explorador llamado Ivar. Los otros 34 miembros habían muerto en el páramo o se habían exiliado. El informe de Ivar fue impactante: descubrieron que en los antiguos búnkeres del norte aún vivían comunidades humanas. Algunas de ellas habían regresado a una vida tribal y salvaje, mientras que otras sobrevivían pacíficamente mediante el trueque. Además, Ivar confirmó el hallazgo más temido: la radiación residual había provocado mutaciones genéticas y el desarrollo de extrañas capacidades físicas y mentales en algunos de los supervivientes.
A pesar de la importancia del descubrimiento, los gobiernos de la Cumbre del Sur decidieron ocultar los datos de la expedición en 2010. Los 6 supervivientes fueron amenazados para que guardaran silencio y las élites políticas lanzaron una agresiva campaña de propaganda basada en el miedo, convenciendo a la población de que el norte era un desierto inhabitable y peligroso. Para el año 2020, el holocausto nuclear pasó a ser un tema tabú del que casi nadie hablaba, y los pocos ciudadanos que insistían en investigar las zonas malditas eran tildados públicamente de locos o conspiranoicos.