Gogoan es, en la actualidad, un hospital psiquiátrico de titularidad pública con buena reputación oficial y una larga lista de leyendas urbanas extraoficiales. Su historia, sin embargo, abarca más de ciento cuarenta años y atraviesa cuatro eras bien diferenciadas, marcadas por el cambio de propietarios, los paradigmas médicos de cada época y, sobre todo, por el interés constante —aunque nunca exclusivo— que tanto la Orden de Vedas como la Hermandad del Pentáculo han mostrado por el centro desde sus primeros años de vida.
Gogoan nace en 1881 como sanatorio privado bajo el nombre original de Casa de Reposo de la Misericordia, fundado por el médico Hermenegildo Vauls con financiación de una familia de la alta burguesía local que buscaba un lugar discreto para parientes con «desequilibrios nerviosos», el eufemismo habitual de la época. En aquellos primeros años, el centro funciona bajo los paradigmas comunes del siglo XIX: aislamiento, hidroterapia, reposo prolongado y, en los casos más graves, contención física.
El nombre «Gogoan» no aparece hasta 1903, cuando el centro se traslada a un edificio de mayor tamaño, un antiguo monasterio reconvertido situado en un paraje interior de Navarra. En la lengua local (el euskera), «gogoan» se traduce aproximadamente como «en la mente» o «en el recuerdo». El nombre se asienta primero como apodo popular y, hacia 1910, como denominación oficial del centro.
Es en este periodo cuando la Orden de Veda pone por primera vez los ojos en Gogoan: varios internos de la Casa de Reposo presentan, según notas clínicas conservadas, «percepciones que escapan a toda explicación médica conocida». Leídas hoy desde Mergómenes, estas descripciones recuerdan a episodios de contacto con otras realidades o memorias de otras vidas. Un médico joven incorporado al equipo en torno a 1905, cuyo nombre los archivos oficiales omiten de forma sistemática, comienza a documentar estos casos con un rigor inusual para la época. Se cree que este médico —conocido en los círculos Veda como el doctor Onírico— era, en realidad, un Veda infiltrado.
Tras la muerte de Hermenegildo Vauls en 1920, el centro es adquirido por un consorcio médico-financiero y rebautizado como Instituto Gogoan. Según los archivos internos de Mergómenes, este consorcio estaba controlado por intereses cercanos a la Hermandad del Pentáculo, que veía en Gogoan algo muy distinto a lo que veían los Veda: no un lugar donde escuchar a pacientes con percepciones extraordinarias, sino un laboratorio idóneo para experimentar con esas mismas percepciones.
Esta era, la más oscura de la historia del centro, coincide con el auge mundial de tratamientos hoy considerados brutales: lobotomías, electroshock sin anestesia, insulinoterapia. Gogoan no fue una excepción a su tiempo, pero los archivos sugieren que, bajo la fachada de «tratamientos experimentales de vanguardia», el Instituto llevó a cabo procedimientos cuyo objetivo real no era curar, sino potenciar o aislar ciertas capacidades perceptivas en pacientes concretos, casi siempre aquellos cuyos episodios se acercaban más a fenómenos de naturaleza Veda.
Durante estos años, la Orden de Veda mantiene una presencia discreta dentro del personal del centro: enfermeras, celadores, algún médico de segunda fila. Su función no es intervenir abiertamente —algo que habría expuesto a la Orden— sino documentar, advertir a las familias cuando es posible, y sacar a determinados pacientes del centro antes de que fueran sometidos a los procedimientos más invasivos. Varios «traslados urgentes a otro centro» y «altas voluntarias inesperadas» registrados en los archivos de estos años se atribuyen, según Mergómenes, a la intervención discreta de los Veda.
La era Pentáculo termina abruptamente en 1958, con el llamado Incidente de la Ala Norte, que obliga al cierre temporal de buena parte del Instituto y a una investigación oficial que, de manera oficial, «no encontró irregularidades».
Tras el Incidente de la Ala Norte, el consorcio vende sus participaciones y el centro pasa a depender de la sanidad pública, que nte las malas condiciones del edificio, decide trasladar su residencia hacia el sur, adquiriendo un edificio más renovado y adoptando el nombre con el que es más conocido en la actualidad: Hospital Psiquiátrico Gogoan. Esta etapa coincide con la progresiva desinstitucionalización psiquiátrica vivida en buena parte del mundo occidental durante los años sesenta y setenta, y transforma Gogoan en un centro mucho más «normal» en apariencia: menos pacientes internos, más tratamiento ambulatorio, llegada de la psicofarmacología moderna.
Para la Orden de Veda y la Hermandad del Pentáculo, este periodo representa un vacío de poder: ninguna de las dos sociedades controla directamente la dirección del centro, aunque ambas mantienen «observadores» entre el personal. Es la época con menos casos documentados de relevancia para Mergómenes, pero también la que más tiempo ha tenido para que ciertos expedientes «se perdieran» en archivos mal gestionados, lo cual la convierte en una mina de información: es plausible que existan casos de estos años que nadie ha vuelto a mirar.
A inicios de 1980, tras la renuncia del antiguo director de Gogoan por razones personales, el doctor Abraham Castro toma el mando de la dirección del centro. Durante este periodo, muchas son las especulaciones de que el doctor Castro pertenece a la Orden de Veda, aunque esta información nunca llega a confirmarse.
Desde mediados de 1980 hasta inicios de 1981, varias noticias de hechos inexplicables se hacen públicas, pero es en febrero de 1981 cuando el hospital salta a todas las portadas nacionales e incluso internacionales tras una violenta incursión de varios asaltantes al hospital. Este suceso se cobra la vida del director Abraham Castro, la desaparición de un celador en prácticas y el ingreso hospitalario de la enfermera Lidia Osorio, tras quedar en estado de schok permanente.
La dirección del centro pasa a manos de un doctor abiertamente afin a la Hermandad del Pentáculo, lo que reaviva las elucubraciones sobre la pertenencia del difunto Abraham a la Orden de Veda.
A partir de mediados de los años ochenta, los estudios sobre la mente humana que en esta época empiezan a despuntar en círculos académicos, y que conectan percepción, conciencia y física cuántica, convierten a Gogoan en un activo estratégico de nuevo.
Desde entonces, Gogoan vive bajo una tensión constante por el control de su dirección y de su comité médico: nombramientos de directores que duran poco, comités de ética que entran y salen del centro, «donaciones filantrópicas» de fundaciones con nombres genéricos que, según Mergómenes, son fachadas de una u otra sociedad. Ninguna de las dos ha logrado un control total y duradero, lo que mantiene a Gogoan en un equilibrio inestable: el lugar perfecto para que, cada pocos años, «algo» salga a la luz.
En la actualidad, Gogoan sigue funcionando como hospital psiquiátrico público, con buena reputación oficial… pero con una larga lista de leyendas urbanas extraoficiales.