Un mundo salvaje y primordial donde el impacto del asteroide no extinguió a los dinosaurios, dejando a la megafauna en el trono de la evolución en total ausencia de la historia humana tradicional.
La Realidad Épsilon se separa de Alpha hace 65 millones de años cuando un asteroide impacta contra la Tierra de forma mucho menos agresiva que en nuestra línea temporal, permitiendo la supervivencia y continuidad evolutiva de los grandes saurios y la megafauna. A lo largo de los millones de años posteriores, el planeta experimentó glaciaciones interminables, erupciones volcánicas masivas que alteraron continentes enteros y periodos de calor sofocante que transformaron desiertos en selvas, moldeando criaturas colosales de adaptaciones hipersensoriales en un ecosistema donde el ser humano nunca evolucionó de forma natural. El estado salvaje de este plano sirvió como refugio milenario para la especie de los babús. La historia humana en Épsilon comenzó accidentalmente en 1846 (fecha en Alpha), cuando un navío cruzó una brecha de alteración energética provocada por el violento enfrentamiento y posterior extinción de dos extraños seres luminiscentes en 1840 en un punto equivalente al Triángulo de las Bermudas, dejando desde entonces a un flujo intermitente de náufragos atrapados en un mundo hostil.
La fauna de Épsilon es la absoluta protagonista de esta realidad indómita. Entre la infinita biodiversidad del plano destaca la presencia de los Babús, una raza peculiar de exploradores interdimensionales que se asentó en el planeta hace miles de años y se dividió en cuatro subespecies adaptativas principales: el Babú enano (sociable, de hábitos estivales ociosos e hibernación en cavidades arbóreas), el Babú calvo (depredador veloz de madrigueras desérticas de 10 metros de profundidad dotado de autorregulación térmica avanzada), el Babú de las nieves (monógamo, previsor y habitante de cavernas polares) y el Babú lanudo (la subespecie cuadrúpeda más numerosa, que alcanza el metro y medio de altura y posee un agresivo instinto de protección de manada). Los insectos muestran un gigantismo extraordinario, representados por los Anorinos (insectos inofensivos de 30 centímetros que usan cáscaras de frutas vacías como caparazones), el Krule (diminuta criatura de 5 centímetros cuyo mimetismo imita la forma de setas venenosas), la Dinsuya (escarabajo volador propenso a formar plagas en zonas secas), el Banobo (larva subterránea de márgenes fluviales recubierta por una baba tóxica altamente venenosa), el letal Natutu (depredador territorial de 30 centímetros cuya picadura paraliza vivas a sus víctimas) y el Opo (un molusco terrestre nocturno erróneamente clasificado como insecto que posee cuatro ojos y receptores de vibración). El entorno marino, libre de toda presión humana, alberga formaciones masivas de Coral Luminaria —pilares tubulares en espiral de apéndices bioluminiscentes verdes que laten de forma colectiva y sirven como base de ciudades submarinas— que conviven con el Andolopus (pez de dos metros con seis tentáculos prensiles), el prehistórico Anomalocaris (reliquia marina de boca circular provista de dientes afilados y ojos compuestos), la Tortógula (tortuga marina de 10 metros de longitud con una esperanza de vida de 140 años), el Rayuelo (escualo prolífico de aguas oceánicas abiertas), el Melako (pequeño crustáceo abisal que sirve de base a la cadena trófica profunda) y el pavoroso Vertigón gigante, un calamar colosal iridiscente de 60 metros de longitud que habita en las fosas más inaccesibles del planeta. La fauna terrestre y aviar exhibe una continuidad directa con el pasado prehistórico y de convergencia evolutiva, habitada por manadas de Diplodocus (herbívoros de cuello largo y crecimiento acelerado), el territorial Chalicotherium (équido de poderosas garras curvas que se alimenta sentado sobre sus ancas), el Torifante (coloso de cuatro trompas descendiente directo del mamut), el Saxpe (anfibio arborícola de diez tentáculos prensiles), el Nako (comunidad de cabras semiáridas con cuernos curvados), el letal Warnogón (depredador carnívoro de sabana sumamente ágil que combina la morfología de los velociraptores con el pelaje denso de los zorros y caza en manadas de hasta veinte individuos), el Agarnor (ave costera de cuatro alas con bigotes de plumas que se sumerge hasta 8 metros bajo el agua), la monógama Fénix dorada (ave escurridiza de estela brillante que invierte los roles de crianza e incubación entre macho y hembra), el carnívoro Ornithocheirus (cazador de 2.5 metros de envergadura provisto de dientes afilados), el Murciélago mapache (mamífero volador nocturno de un metro de longitud con antifaz oscuro y capacidades de ecolocalización) y el Griffo (ave felina de plumas blancas y pico afilado que domina las zonas cálidas terrestres), junto al Protonaurius, ave terrestre no voladora que corre a gran velocidad y habita en complejos túneles subterráneos comunitarios. En la cúspide evolutiva de este ecosistema se erigen las denominadas Bestias Milenarias: el Behemoth (híbrido omnívor de 5 metros de altura adaptado a la escalada en zonas árticas equivalentes al Everest con una longevidad de 300 años), el Tirex (superdepredador dominante del cual sobreviven apenas quince ejemplares en el planeta), el venenoso e insectoide Ergonoitrox (criatura hermafrodita de 3 metros capaz de mimetizarse con el entorno que se suicida tras alimentar a su único huevo por un año), el Phermax (titán marino de más de 100 metros de longitud que destruye embarcaciones con la cola), los escasos doce ejemplares de Dragón (saurios alados que segregan una sustancia ácida letal por las comisuras de su boca) y el agresivo Homegon, un simio colosal de siete metros de altura provisto de colmillos curvados y rugidos kilométricos que acecha desde las sombras de los bosques templados. La vegetación de Épsilon se ha desarrollado en gigantismo gracias a la riqueza de nutrientes del suelo y polinizadores masivos, destacando los hongos cilíndricos Prototaxites (de 8 metros de altura formados por tubos entrelazados), las Angiospermas (plantas con flores cuyos carpelos protegen la semilla madura encerrada en frutos), las esbeltas Tropilanas (palmeras tropicales de hasta 7 metros), los robustos Superterráneos (árboles de capullos duros con cáscaras similares a cocos que solo los diplodocus o chalicotherium pueden romper), el masivo Baobab (cuyo tronco en forma de botella almacena agua para las sequías del hemisferio) y el fértil Taranaina, un árbol de brazos entrelazados cuyas flores suculentas sirven de alimento y refugio estructural al ecosistema insectoide.