Familia vinculada a la casa imperial (según la tradición, descendiente del linaje de Augusto)
Claudia Prócula acompañó a su esposo, el prefecto Poncio Pilato, a Judea, donde se instaló en la residencia oficial de Cesarea Marítima. Se la describe como una presencia serena pero magnética, de porte imperial, que sostenía por sí sola buena parte de la dignidad de Roma en aquel puesto avanzado del Imperio. A diferencia de Pilato, que se enfrentaba a la provincia con la claridad administrativa del Palatino, Claudia percibía el pulso de Jerusalén con una inquietud que su marido reconocía no poder permitirse; fue él mismo quien advirtió a Quinto Cornelio, recién llegado, que aprendiera a interpretar esa misma sensibilidad.
Durante el proceso contra Jesús de Nazaret, hizo llegar a Pilato una advertencia surgida de un sueño inquietante sobre aquel hombre «justo», una intervención que el prefecto no llegó a seguir. Cornelio, que la había observado desde la distancia poco después de su llegada a Judea, creyó reconocer en su mirada la misma gravedad silenciosa que le había enseñado a percibir su mentor de infancia, Gaspar: la de quien sabe que el mundo no se rige solo por lo que se ve.
Acompañó a Pilato al exilio tras su destitución, y según el testimonio de Longinos, jefe de su escolta en aquellos años, fue ella —y no su esposo, hundido en el vino y el remordimiento— quien encontró una forma de paz en el mismo episodio que había supuesto la ruina de Pilato, socorriendo en secreto a los seguidores de Jesús y conservando, en medio de la casa deshecha, la única luz que le quedaba a la familia.